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martes, 7 de marzo de 2017

INOCENCIA - Capítulo 2

Era viernes. Hacía ya dos años me encontré con Sofía, descubrí que le gustaban tantas cosas como a mí. Vi como devoraba manzanas y peras mientras yo acababa las naranjas y las fresas que su madre con tanto cariño había llevado a nuestro sitio de trabajo. Faltaba una semana para nuestra graduación. Todo estaba preparado, el lugar, los invitados, la comida, los vestidos… ¡Todo! Obviamente, todo organizado por Sofía y sus familiares; unos abuelos del campo o la finca de vacas flacas y perros gordos, los tíos de la capital y su gato miedoso “Sansón” (Aún me pregunto por qué lo llamaban así) y unas cuantas amigas que durante toda su época escolar reunió; admito que eran más que los amigos que yo tenía, pero para ser sincero, entre los dos no reuníamos más de diez amigos.
Nuestro trabajo, en aquella biblioteca de su casa bien ordenada y mantenida, era tomar las decisiones importantes sobre el grado, pues desde un principio la señora Marie me pidió que celebráramos juntos esa fiesta, ya que por supuesto el señor White, mi padre, no estaba (viaje de negocios por allá en los EE.UU) Él por su lado, en todo ese tiempo parece no cambiar; solo se preocupó por trabajar más fuerte, ganar millones en su empresa de diseño de armas y dejarme a mi decidir lo que fuera que un joven de quince años pueda decidir, sobre todo en mi caso las posibilidades se cierran con mi poco poder de decisión. Aun así, con defectos incluidos, logré hacerme de una buena amiga y dos torpes que estudiaban, leían y robaban conmigo fruta de la cocina de doña Sara cada que ella se descuidaba. ¿Qué más se hacía sino reclamar lo nuestro? ya que la muy hábil recibía la comida que debía prepararme en casa pero nunca lo hacía. Todo iba para su estómago mientras yo comía sus sopas de agua, sal y cebolla con un exquisito toque a tierra fresca. Sofía notó esto y prefirió invitarme todos los días a almorzar en su casa. Prácticamente ahora yo vivía allí.
La semana se fue entre orden y desorden, haga y deshaga, decida y arrepiéntase… al final todo salió bien, el grado se hizo realidad y celebramos una fiesta maravillosa en la que ni hubo licor ni hubo problemas, todo fue perfecto. Sofía y yo bailamos juntos casi toda la noche, sus familiares solían molestarla con la típica frase que ellos sostenían “Bésalo o suéltalo ¡No juegues!” Sin embargo ella y yo permanecimos impasibles ante eso, incluso salimos al patio, completamente solos a ver las estrellas y pensar en el futuro ¿Cuál futuro? Yo no tenía la más mínima idea.
-¿Crees que vivamos lo suficiente?- me dijo.
-¿Lo suficiente para qué?-
-Para ser felices.-
En ese momento quise decirle algo como “¿Juntos o cada quien por su lado?” pero no fui capaz, es más, dije algo completamente distinto pero ahora me doy cuenta que en el fondo eso no estuvo mal.
-Para cada acto que decidamos llevar a cabo tendremos tiempo. Si algo se nos acaba entonces no será el tiempo, serán las cosas por hacer… ya no habrán más, no querremos o simplemente no deberemos hacerlas.-
-Tienes razón. Ahora debemos hacer lo que debemos y lo que queremos, luego… que sea a la de Dios, ¡no! Él no decide por nosotros. Será a la nuestra.-
-Agradezco a Dios el que nos haya dado libertad en nuestros actos-
-Que así sea - respondió ella.
Luego de aquella ocasión todo fue muy confuso. No hablo de un adiós triste y melancólico que le arrancará lágrimas al que sea. De hecho lo confuso es por lo que vino luego de que Sofía y yo entráramos en la misma universidad, nos enamoráramos por completo y nos graduáramos a eso de los veinte años y… encontráramos a la pareja y al libro que nos confundiría la vida. Bueno, sinceramente es algo que está sucediendo, no solo nos confunde la vida, de hecho nos la alegra, nos da emoción, peligro y un Ave María obligatorio cada vez que vemos que la fe es lo único que nos puede salvar.

Inocencia - Capítulo 1

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