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domingo, 13 de noviembre de 2016

Los árboles no hablan


Quizá se encontraba deprimida, pero que más se podría esperar, la noche anterior había visto lo que siempre había querido sentir; lo vio en la acera de en frente donde una niña miraba los ojos de su amado tan tenazmente que el propio viento se detenía a observarlos, cada beso, cada lágrima y cada consuelo de aquel joven con su amada. Simplemente había observado por un prolongado lapso de tiempo el amor, pero siempre quiso que fuese ella, siempre deseó ser la que sintiera el cariño de su amado.


Su mañana, la de todo el mundo, la había visto transcurrir en silencio, sus labios rojos y la hermosura de sus ojos lo mostraban, ¡era hermosa! Ahora, al pie de un árbol cuyas raíces brotaban de la tierra como queriendo salir a caminar, lloraba su más triste decepción. Lo vio una mañana otoñal, la brisa le acariciaba el rostro y el tenue rayo de luz de aquel día la iluminaba, no logró decirle nada; siempre lo veía, como si nada, esperando que aquel loco de la bicicleta que trabajaba día y noche cantando en la acera, esperando ser admitido por los oídos sordos y los pasos apresurados de los transeúntes que solo pensaban en la velocidad de la era moderna, en su empleo, en sus familias, en su vida. Hasta ahora, solo se permitía verlo desde lejos, siempre admiraba su voz suave y romántica, su estilo de enamorado incomprendido y despechado que siempre, en toda ocasión y como por casualidad, tocaba en su guitarra de color negro, las más hermosas canciones, precisamente las que ella prefería.
En el momento, le llegaba a los oídos el tenue aroma de los encantos musicales de aquel príncipe, en toda ocasión, lo admiraba como un hombre ejemplar, no necesitaba más pruebas; si alguna anciana llevaba algo demasiado pesado, aquel ángel de la guarda le ayudaba con su carga, si alguien perdía algún objeto, este talentoso músico le devolvía su pertenencia de llegar a encontrarla; 
-¡es perfecto!- se decía.

El vegetal de más de seis metros de alto la protegía de los rayos del sol, le brindaba sombra y un soporte en el cual su delicado cuerpo, como una hoja sobre el agua, reposaba para pensar en aquel que le había anonadado. Todos los días el arbolito de apariencia insignificante, excepto por su altura, pensaba en la manera de ayudar a aquella pareja lejana y desconocida entre sí, ¡no podía! Ni siquiera un consejo de amor le brindaba a aquella princesa de liricas campañas celestiales ¡Que mal que los árboles no hablaran! Sus días se llenaban de eso, una eterna contemplación del amor más inútilmente apreciado que jamás él hubiese visto, cualquier ocasión, era propicia para que aquella niña observara a uno de los más humildes príncipes y a la vez, para que el árbol más afortunado del mundo conociera el amor sin haberse aun dado.

Sus pensamientos la invadían a ella en el instante.

-¿Qué me dirías árbol? ¿Qué estoy loca? ¿Que no es amor? ¡Dios mío, si tan solo los árboles hablaran!-

Su mente se llenaba de eso, de fantasía, ¿Qué más podía pensar? Ahora, en el breve momento diario que a un lunes como ese le correspondía, al igual que al martes, el miércoles… solo pedía lo que no era capaz de hacer, al menos la capacidad de hablarle.

-¡Lo intentaré!¿que tengo que perder?-se decía en el fondo de su alma, como si la mente ya no tuviese velas en el entierro, como si ya no le incumbiera al cerebro ejecutar tal maniobra, ahora hablaba su corazón.

-¡Mucho! Perdería bastante si lo dejo escapar, el solo imaginar que me responda con un “no” me aterra, qué más da, lo haré. ¡Dios dame valor!-

Ahora su mente ya no tenía el timón, este barco era propiedad del corazón.
Continuará…

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